El misterio de la princesa egipcia de nombre desconocido

El descubrimiento de Flinders Petrie en 1908 de una mujer y un niño que vivieron en Egipto durante la dinastía XVII podría hacer que nos replanteáramos cuestiones clave de las relaciones diplomáticas de la época, que hasta hoy se consideraba un período en el que Tebas y kush estaban en conflicto

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Pero, de entre todas las anomalías, la más grande era, sin embargo, que ambos carecían de nombre que los identificara, algo inusual en el mundo funerario egipcio, que tanta importancia otorga al mantenimiento del nombre. La única inscripción que apareció en el conjunto de ataúdes y momias fue una oración funeraria estándar, estampada en yeso sobre la tapa del ataúd de la mujer. La columna de texto medía más de un metro de alto, pero el texto dorado estaba fragmentado en los dos tercios inferiores de su extensión: “Una ofrenda que el rey da a Osiris, señor de Djedu, una ofrenda de pan y cerveza, aves y bueyes, para el espíritu de…”

Junto a ella, en una pequeña caja sin decoración alguna, aparecieron los restos de un niño de dos o tres años, cuyo sexo fue imposible de determinar. Tampoco su parentesco con la mujer del sarcófago dorado, aunque deberíamos suponer que una relación materno filial pudo haber existido, dada la forma del enterramiento.

Papiro antiguo Egipto

iStock

Pero, de entre todas las anomalías, la más grande era, sin embargo, que ambos carecían de nombre que los identificara, algo inusual en el mundo funerario egipcio, que tanta importancia otorga al mantenimiento del nombre. La única inscripción que apareció en el conjunto de ataúdes y momias fue una oración funeraria estándar, estampada en yeso sobre la tapa del ataúd de la mujer. La columna de texto medía más de un metro de alto, pero el texto dorado estaba fragmentado en los dos tercios inferiores de su extensión: “Una ofrenda que el rey da a Osiris, señor de Djedu, una ofrenda de pan y cerveza, aves y bueyes, para el espíritu de…”

Lo que debería poder leerse a continuación era la declaración de los títulos de la mujer y su nombre, pero para cuando Petrie pudo extraer el ataúd ya se había perdido toda esa área del yeso.

Sin embargo, varias pistas indicaban que la mujer ocupaba un puesto en la cima de la sociedad. Probablemente era miembro de la familia real en algún momento de la dinastía XVII. El primer indicador se encontraba en la ubicación del enterramiento, en un área que, durante tiempo, había sido relativamente restringido a miembros de la familia real. Eran tumbas pequeñas y modestas. Egipto se hallaba completamente dividido, con el Delta controlado completamente por los hyksos, un pueblo extranjero de origen asiático, y el sur estaba dominado por familias reales kushitas, de origen nubio. Esto hacía que los reyes tebanos tuvieran complicaciones para acceder a importantes rutas comerciales, tanto por el Mediterráneo como en el África subsahariana, donde se hallaban las mejores minas de oro.

El enterramiento de nuestra mujer desconocida se saltaba todas las lógicas del periodo, y mostraba un excepcional conjunto de piezas funerarias impropias de los otros enterramientos reales. El primer elemento extraño eran las joyas que lucía la dama. Pendientes, pulseras y collares de oro y una faja de electrum, una aleación de oro y plata. La rareza estaba en el oro, pues contenía una pureza inusual en las piezas egipcias, cercana al 90 %. Esto apuntaba más a piezas de origen nubio, procedentes de las minas kushitas. Además, los collares se encontraban entre los primeros ejemplos encontrados en Egipto de esta tipología. El niño también mostraba joyas, alrededor de la cintura y de los tobillos. Estaban confeccionadas con cuentas cerámicas y alguna de electrum. También lucía tres pulseras de marfil, cuya procedencia debía encontrarse, sin duda, en los elefantes africanos que solo podían encontrarse en territorios al sur de Egipto.

Además de las bellas joyas y la calidad del oro, otro elemento significativo fueron los recipientes cerámicos. Entre ellos, se encontraban vasijas de una cerámica muy fina que tenía su origen también en nubia. Se conoce como tipo kerma. La provisión de cerámica tipo Kerma en un entierro egipcio es del todo extraordinaria. Indica que uno o ambos tenían conexión con la cultura funeraria nubia.

El propio Petrie ya sugirió que el cráneo de la mujer no era típicamente egipcio, aunque los exámenes más recientes practicados sobre los esqueletos con el fin de determinar su origen étnico no han sido concluyentes, por lo que cabe la misma posibilidad de que la mujer fuera tanto egipcia como nubia. Sin embargo, estos últimos análisis sí que han revelado una información importante: la alimentación de la mujer no era propiamente egipcia. Las caries y otros aspectos revelados por isótopos de carbono y nitrógeno en su esqueleto han desvelado que su dieta se encontraba a medio camino entre la típica de los egipcios y la de los nubios.

Si analizamos, por tanto, las pistas dejadas por la princesa de nombre desconocido y el niño enterrado junto a ella, solo nos quedan dos opciones: la primera, es que se trate de una mujer egipcia de alto rango con gusto por la comida nubia, quizá por consideraciones familiares, que al fallecer recibió regalos obsequiados respetuosamente por algún gobernante de Kush, tal vez para un entierro real en Tebas; la segunda opción es que se tratara de una mujer nubia que se había mudado a Egipto cuando era joven. Esto podría apuntar a un matrimonio dinástico acordado, en el que la mujer sería una princesa nubia ofrecida en matrimonio a la familia real tebana, o la descendencia de tal matrimonio. Si la respuesta correcta fuera la segunda, como apuntaba el egiptólogo Bill Manley, deberíamos replantearnos muchas cuestiones acerca de las relaciones diplomáticas durante la dinastía XVII, que hasta ahora se considera un periodo en el que Tebas y Kush estaban en continuo conflicto.

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