La pandemia más grande de la historia

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La falacia de la Leyenda negra sobre la ‘gripe española’, la atroz pandemia que asoló Europa

A pesar de su nombre, la enfermedad no provenía de nuestro país, sino de Estados Unidos. Sin embargo, fue en nuestro país donde se informó de su existencia de forma pormenorizada

La historia es un espejo en el que mirarse; o, quizá, la piedra con la que volvemos a tropezar por la necedad inherente a nuestra sociedad de aprender a golpe de reiteración. El caso de la mal llamada «gripe española» es un ejemplo cristalino de ello; de cómo la recurrente Leyenda Negra que nos acompaña cual molesto compañero de viaje (ese que no se separa de nosotros por muchas indirectas que le lancemos) se ha posicionado por estos lares debido al empuje de las naciones extranjeras. Y es que, la pandemia que asoló Europa entre 1918 y 1920 tenía mucho de gripe, en efecto, pero poco de española.

El Sambenito, más falso que una peseta de madera, nos lo colgaron las potencias foráneas por una razón entendible, pero igual de absurda: a pesar de que la enfermedad había arribado desde Estados Unidos, fue en nuestros periódicos en los que se empezó a informar de ella allá por mayo de 1918. No porque brotara por estos lares; tampoco porque el paciente cero fuese un vecino de Castilla. Más bien, porque en el resto de países europeos (inmersos como estaban en la Primera Guerra Mundial) se censuró cualquier información sobre su existencia para evitar que el caos se generalizara dentro y fuera de las trincheras. Por ello, y no por otra causa, en los diarios ingleses se pudo leer aquello de la «Spanish Influenza Pandemic».

El doctor Chicote (x) vacunándose con el suero contra las complicaciones pulmonares de la gripe preparado por el laboratorio municipal
El doctor Chicote (x) vacunándose con el suero contra las complicaciones pulmonares de la gripe preparado por el laboratorio municipal

Mientras vivimos jornadas de tensión por culpa de la llegada del Coronavirus, resulta difícil no rememorar aquellos días de la Primera Guerra Mundial en los que la «epidemia reinante», como se refería a ella el diario ABC, había tomado las calles de nuestras ciudades. Pero poco (o casi nada) tienen que ver ambas epidemias en cuanto a víctimas y mortalidad. Las muertes producidas por la «Spanish influenza» se calculan (atendiendo a los autores) entre los 20 y los 100 millones de personas. Además, en la práctica tuvo una mortalidad cinco veces mayor a la que produjo la Primera Guerra Mundial debido a las balas y los obuses. Solo por poner un ejemplo, el Imperio Alemán (uno de los más golpeados por la rudeza del enfrentamiento) llenó 2 millones de ataúdes por repercusión directa de la lucha.

El perfil del paciente tampoco permite relacionarlas. Mientras que el Coronavirus supone un riesgo para ancianos y personas inmunodeprimidas, la «gripe española» atacó también a los más jóvenes y bien alimentados (adultos de entre 20 y 40 años). En nuestro país, por ejemplo, uno de los aquejados fue el monarca Alfonso XIII, entonces de 32 años. Este diario siguió su evolución y, durante semanas, intentó calmar a la población: «Por hallarse indispuesto, a causa de la enfermedad reinante, guardó ayer cama el Soberano, suspendiendo el despacho con los ministros y la audiencia concedida. La dolencia que aqueja a Su Majestad es muy benigna, y carece en absoluto de importancia». A pesar de las falacias extendidas en la época, no le costó la vida y se recuperó de forma satisfactoria.

Sorpresa inicial

Hallar el origen de esta dolencia nos obliga a bucear en los legajos. Hasta hace bien poco se creía que la primera oleada había arribado en 1918 pero, en 2017, se descubrió que las primeras cepas se dieron un año antes en diferentes cuarteles de Estados Unidos. En «Todo lo que debes saber sobre la Primera Guerra Mundial», el historiador y periodista Jesús Hernández explica que -aunque se desconoce de forma exacta la región en la que brotó- «se cree que pudo haber surgido en Asia Central» y que, a consecuencia de los movimientos militares provocados por la contienda, se extendió por Estados Unidos primero y Europa después.

A nivel oficial, no obstante, se considera que el «paciente cero» era un soldado que ingresó en una enfermería de Kansas el 11 de marzo de 1918. De allí viajó con los soldados hasta Francia. A partir de entonces, y en pocas semanas, la gripe ya se había propagado por regiones tan separadas entre sí como Alaska, el sur de África, el Amazonas o las islas del Pacífico. En Europa fue especialmente virulenta por las malas condiciones que padecían los soldados en las trincheras. El frío, la humedad y el agotamiento favorecieron su expansión; y la escasez de enfermerías en primera línea del frente acrecentó los casos.

En pocos meses la epidemia se extendió por medio mundo. Junio de 1918 fue la clave, pues fue el mes en el que las fuerzas británicas se embarcaron hacia Murmansk (en Rusia)… Y en su camino extendieron la epidemia. Así lo confirman Liliana Henao-Kaffure y Mario Hernández-Álvarez en su dossier «La pandemia de la gripe de 1918: un caso de subsunción de lo biológico a lo social». En el mismo explican que, para entonces, y debido al ir y venir de heridos a través de las fronteras, ya había aparecido en InglaterraFranciaAlemaniaDinamarcaNoruegaFilipinasNueva ZelandaArgeliaEgipto Túnez. En agosto recayó también en Holanda Suecia. Ya era global.

Caos general y síntomas

Decir que provocó el caos es poco. Durante semanas, los Aliados estuvieron convencidos de que era un arma ideada por los alemanes para acabar con sus enemigos. De hecho, en este sentido se extendieron los rumores de que los gérmenes habían sido liberados por la empresa Bayer mediante sus aspirinas o que un U-Boat había dejado en Gran Bretaña a un comando especial de espías encargado de dispersar el virus en teatros y desfiles.

Pero los alemanes estaban igual de aterrorizados por su llegada. Según explica Guillermo Murillo Godínez en su dossier «Recordando la gripe española», el II Reich se vio igual de afectado por ella. El famoso general teutón Erich von Ludendorff, por ejemplo, afirmó que sus ofensivas finales habían fallado por culpa de que esta enfermedad había diezmado gran parte de sus ejércitos. Hasta tal punto desconocían su origen que empezaron a llamarla la «gripe de Flandes» porque estaban convencidos de que había nacido allí.

Los síntomas eran siempre los mismos, como bien explicó el médico militar Roy Grist en una carta enviada a un amigo:

«Estos hombres comienzan con lo que parece ser un ataque ordinario de la Grippe o Influenza y, cuando llegan al hospital, desarrollan rápidamente el tipo más vicioso de neumonía que se haya visto. Dos horas después del ingreso tienen manchas […] en las mejillas y pocas horas después puede verse la cianosis extendiéndose desde las orejas a toda la cara, hasta que se hace difícil distinguir negros de blancos. En cosa de horas sobreviene la muerte, es horrible. Uno puede ver morir, uno, dos o 20 hombres, pero estos hombres mueren como moscas… ha habido un promedio de 100 muertes por día… la neumonía es la causa de todas estas muertes… hemos perdido numerosos médicos y enfermeras».

En palabras de este médico, eran necesarios trenes especiales para trasladar a los muertos. La tasa de mortalidad (entre un 10 y un 20%) hizo que, en pocas jornadas, «no hubiese féretros suficientes» y fuera necesario apilar los restos en gigantescos montnes. «Se ha desocupado una gran barraca para adaptarla como morgue […] donde los cadáveres reposan en doble fila», añadía. El experto acababa su misiva señalando que, cuando se comprendió que aquello era una plaga, se hicieron «más autopsias para identificar y caracterizar bien la nueva enfermedad» y se realizaron «las investigaciones bactereológicas con el mismo objetivo». La máxima prioridad era «conocer la causa y crear en forma urgente un suero inmune contra este enemigo mortal».

España contra la censura

Aunque se habían sucedido pocos casos por entonces, la gripe saltó a los diarios españoles en mayo de 1918, cuando la epidemia se dejó ver en las calles de la capital. Fue entonces cuando la prensa nacional inició una cobertura pormenorizada de los casos que se sucedían dentro y fuera de las fronteras. Por si fuera poco, el contagio de Alfonso XIII hizo que las noticias se multiplicaran. En nuestro territorio se dedicaron páginas y páginas a la llamada «fiebre de los tres días» o «microbio del soldado de Nápoles». Como en el resto de Europa se había dictado silencio administrativo desde el estamento militar para evitar el caos y el pánico en el frente, no tardó en asociarse esta enfermedad a la Península Ibérica.

El ABC, como el resto de diarios patrios, informó una y otra vez de la evolución de los casos de gripe. A finales de mayo, a la par que desvelaba que la enfermedad había atacado al monarca, incidía en que «el ministro Estado, Sr. Dato» estaba indispuesto por la misma «epidemia reinante». Otro tanto sucedía con la población: «En las Oficinas del Estado, en las dependencias municipales, centros, organismos, entidades oficiales y particulares, etc, etc, continúa propagándose la dolencia, que provoca nuevas e innumerables bajas», añadía. El 28 de mayo, el periódico se hizo eco también de la visita del gobernador civil al hospital Provincial, «para adoptar algunas previsiones en relación con la epidemia y la hospitalización de las clases menesterosas».

Aunque se intentaba llamar a la calma mediante artículos en los que se explicaba que «por fortuna, y como ya se sabe, no tiene otro peligro que las molestias consiguientes al desequilibrio orgánico que origina la infección», la realidad es que la tensión iba en aumento. En un reportaje publicado a finales de mayo, por ejemplo, se hablaba de la epidemia como «una especie de fuego bíblico que ha venido a torturar a todo Madrid, y cuyas chispas empiezan ya a producir efectos en otras poblaciones». Según el periodista, nadie estaba a salvo: «No se salva nadie por su bella cara». Esa misma jornada, en la sección provincias, también se dedicaba espacio a la gripe: «Aumentan de un modo alarmante la epidemia. En los cuarteles, arsenal, buques de la escuadra, casa de Misericordia, oficinas públicas, etc, las invasiones se suceden con una rapidez extraordinaria».

Durante esos días, el ABC publicó incluso las medidas que había tomado el alcalde para evitar que la gripe se extendiera por la capital. Entre ellas, asegurarse de que la leche que se vendía a la población se hallaba en buenas condiciones. Normal, pues se desconocía qué era lo que provocaba las muertes. A principios de junio, cuando era patente que se habían sucedido decenas de fallecimientos por la gripe, se ofreció un recuento oficial: «La epidemia reinante persiste y se revela con aquellos síntomas característicos de que ya se ha escrito bastante; el número de atacados no decrece, sino, por el contrario, aumenta, y en caso de complicación, los resultados son funestos. A la estadística de mortalidad que ayer se hizo pública añadió a mediodía el alcalde interino la cifra correspondiente al 31 de mayo, en que pasaron de 100 las defunciones».

Los casos se fueron multiplicando en los siguientes meses en «colegios, cárceles, oficinas públicas» y otros tantos lugares. Las provincias cayeron, poco a poco, presa del virus de la gripe, el H1N1. «En Zaragoza aumenta considerablemente la epidemia, que se ha extendido fuera de la ciudad», destacaba el ABC antes de añadir que «en Pamplona se ha presentado la gripe invadiendo cuarteles de la guarnición». Al final, en nuestro país afectó a 8 millones de personas y costó la vida a unas 300.000. Una cifra considerable, pero nada comparable a los millones de fallecidos que generó en India. El mes más cruento fue octubre de 1918, cuando dejaron este mundo el 45% del total de muertos en nuestro país. Así continuó hasta que, en 1919 y sin explicación alguna, desapareció sin dejar rastro.

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