Willem Dafoe, de Aquaman a Van Gogh

3 December, 2018 Desactivado Por gdsradio
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Willem Dafoe, entrevista por Aquaman y Van Gogh
Marc Hom

“La televisión no me tienta para nada, es algo cómodo. Cuando solo tienes hora y media para dejar lo mejor de ti, eso es un reto”.

Ha sido Jesucristo… y un dios de la muerte japonés, prisionero en Auschwitz y oficial de las SS, agente federal sin tacha y sociópata lascivo de dientes podridos y bigotito de lápiz. Vampiro, sacerdote y, una vez, en una pieza de teatro experimental, monja. Banquero londinense y director de un hotel de Florida. T. S. Eliot y el Duende Verde de Spider-Man.

Willem Dafoe, actor destacado entre los de su generación –o en cualquier otra–, es, además, uno de los más prolíficos. A finales de este año aparecerá en Aquaman de DC Comics (21 de diciembre), en la que interpreta al científico Nuidis Vulko, y en la cinta de Julian Schnabel At Eternity’s Gate (sin fecha de estreno aún en España) será Vincent van Gogh.

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Dafoe es capaz de interpretar cualquier rol, excepto tal vez a un estadounidense de clase media con inquietudes culturales, que es precisamente lo que es. “Tengo que admitir”, confiesa el artista de 63 años mientras desayunamos en Morandi, en el West Village de Manhattan, “que a veces miro al pasado y pienso: ‘¿Cómo he acabado aquí?’”.

Dafoe nació en Appleton (Wisconsin, EEUU). En 1977, el año del apagón de Nueva York, de los crímenes del asesino en serie David Berkowitz y del incendio premeditado del Bronx, dejó la universidad de su estado para ir a la Gran Manzana. Allí se unió a un colectivo teatral de vanguardia, el Wooster Group, que daría forma a un momento cultural que ahora es objeto de tanta fascinación como el teatro de París de finales del XIX o el Berlín de la República de Weimar.

En 1980, Kathryn Bigelow eligió a Dafoe para interpretar al líder de una banda de motociclistas forajidos en su primer largometraje, The Loveless. Le siguieron rápidamente una serie de papeles de renombre: en Vivir y morir en Los Ángeles, de William Friedkin; Platoon, de Oliver Stone; Arde Mississippi, de Alan Parker, y Corazón salvaje, de David Lynch. Aunque sigue trabajando con directores como Abel Ferrara y Paul Schrader, Dafoe también ha estado bajo la dirección de algunos de los cineastas más originales y dispares, como Wes Anderson, Lars von Trier o Sean Baker. Ha sido nominado tres veces para un Oscar, las tres al mejor actor de reparto: en 1986 por Platoon, en 2000 por La sombra del vampiro y en 2017 por The Florida Project.

Willem Dafoe, entrevista por Aquaman y Van Gogh
Chaqueta de Giorgio Armani, camisa de Ascot Chang, pantalones de Lanvin y zapatos de Pierre Hardy

Marc Hom

A Dafoe le gusta Morandi por razones prácticas y sentimentales. Su dueño, Keith McNally, fue antes el propietario de Lucky Strike, el restaurante que estaba a la vuelta de la esquina del local de ensayo del Wooster Group. Hace calor y la humedad es de casi el 90%, pero a Dafoe se lo ve a gusto con camiseta y un cárdigan abierto de color azul marino. Toma un zumo verde.

A pesar de su aire amenazador, fuera de la pantalla Dafoe es cordial, educado y sorprendentemente atractivo. Sentarse frente a él en una soleada mañana es un poco como estar en una casa embrujada y reparar de pronto en la elegancia de su arquitectura. Se mueve con el aplomo de un bailarín, resultado de cuatro décadas de intensa preparación física y 25 años de ashtanga yoga. A medida que la conversación avanza, empiezas a acostumbrarte a su rostro. Sin embargo, de vez en cuando se le abren los ojos desmesuradamente, se le contraen las mejillas y muestra su demencial sonrisa.

Hace trece años, mientras filmaba Life Aquatic en Italia, Dafoe conoció a la cineasta italiana Giada Colagrande, y se casaron poco después. Ahora pasa la mitad del año en Roma. “Tengo el corazón dividido”, confiesa Dafoe. “Italia todavía tiene tradiciones muy fuertes, lo que es una carga, pero también una bendición. En Nueva York no hay tradición, excepto hacer dinero. Me encanta esta ciudad. Es una urbe internacional que todavía conserva algo de cultura, pero… ¿qué es lo que realmente se impone? Vas por West Side y ves esos edificios enormes… ¿Cuánto cuestan? ¿Qué está pasando? Adoro Nueva York, pero ha cambiado mucho. Para mí, es una ciudad de recuerdos y fantasmas”, sentencia.

UNA INFANCIA PECULIAR

“De niños solíamos contar un chiste: ¿sabes cuál fue la mejor huida de Houdini? Respuesta: dejar su ciudad natal, Appleton, Wisconsin”. Dafoe, cuyo verdadero nombre es William, es el séptimo de ocho hermanos. Nacido en 1955, su padre, William, era médico, y su madre, Muriel, enfermera. “Mi primer hermano tomó el testigo”, comenta el intérprete,“porque se hizo médico. Y casi todas mis hermanas se dedicaron a la enfermería, así que yo pude elegir otra profesión”. Adoptó el sobrenombre de Willem para poder distinguirse de su progenitor.

Sus padres no eran especialmente devotos. “Íbamos a la iglesia, es una de las pocas cosas que hacíamos juntos, pero era algo social”. Aun así, la ética protestante era férrea. “Mi padre solía decir: ‘¡Tienes que producir!’”, asegura. “Nunca hubo refrescos en casa. Ni alcohol. Mis padres eran abstemios. De vez en cuando mi madre montaba un club de lectura en casa, y entonces ofrecía café. ¡Nos resultaba muy exótico, porque mis padres no lo bebían! Bajábamos a escondidas y nos tomábamos los restos con crema y azúcar. ¡Era como la heroína!”. William murió en 2014, a los 97 años, dos después de Muriel. “Me di cuenta en su lecho de muerte de que no le quedaba mucho y, bromeando, le solté: ‘Bueno, ¿cuál es tu conclusión? ¿Qué es la vida?’. Hizo una larga pausa y respondió: ‘La vida es una prueba’. Eso te da una idea del tipo de hombre que era”.

Willem Dafoe, entrevista por Aquaman y Van Gogh
Abrigo de burberry, chaleco de Polo Ralph Lauren, jersey de cuello alto de Hermès, pantalones de Ralph Lauren y zapatos de Church’s.

Marc Hom

Los siete hermanos de Dafoe fueron a la Universidad de Wisconsin, entonces un semillero de protestas estudiantiles. “De adolescente me encantaba ir a verlos, dormir en sus sofás, oler la marihuana. Le pedía a mi hermana Dee Dee que me explicara una y otra vez el White Album de los Beatles”. Ella se lo llevó una vez a ver una obra de teatro estudiantil. “Me hizo pensar que yo podría hacer algo así, que no era obligatorio tener un trabajo convencional”.

En 1973, se matriculó como estudiante de teatro en la Universidad de Wisconsin-Milwaukee, pero abandonó los estudios en su segundo año para unirse a una compañía local no tradicional llamada Theatre X. En YouTube se puede ver el vídeo de una obra titulada Civil Commitment Hearings, en la que aparece un Dafoe de veinte años. “Mis padres les pagaron la universidad a todos mis hermanos. A mí, nada, porque pensaban que estaba vagueando, pero tampoco me importó”. Dafoe trabajaba a media jornada en un taller de encuadernación y después en una cafetería. “Si de verdad necesitaba dinero, solo tenía que hacer una llamada, pero me gustaba vivir de mi trabajo”.

“Para comprender a Willem, hay que entender su interés en el teatro experimental”, expone Paul Schrader, quien contrató a Dafoe para que hiciera de traficante en la película Posibilidad de escape (1992), la primera de sus seis colaboraciones. “Probablemente es la parte más importante de su enfoque creativo”. Cuando se le pregunta qué efecto ha tenido ese trasfondo en la obra cinematográfica de Dafoe, Schrader contesta: “Lo convierte en un camaleón, lo saca de su zona de confort. A Willem, a diferencia de la mayoría de los actores, no le da miedo arriesgarse”. Wes Anderson, que ha trabajado con Dafoe en tres ocasiones, la más reciente en El gran hotel Budapest, comenta: “Es un intérprete que tiene todas las herramientas: experiencia, claridad y confianza. Pero es que además está dispuesto a todo”.

Poco después de unirse al Wooster Group, Dafoe tuvo una relación sentimental con LeCompte, lo que la llevó a romper con Spalding Gray, entonces también miembro de la compañía. “Fue complicado, porque todos trabajábamos juntos”, asegura Dafoe. Gray se hizo famoso más tarde con sus monólogos autobiográficos. “A mí me interesa más crear una máscara y desaparecer”, continúa. “Cuando tomas las acciones y los pensamientos de otra persona sucede algo muy bello. Te sientes más vivo, porque hay más posibilidades. Te burlas del diablo”.

En 1979, Dafoe obtuvo su primer papel en La puerta del Cielo, de Michael Cimino, pero lo despidieron porque se rio demasiado fuerte de un chiste verde. “Para un actor el cine no era muy distinto del teatro. Pero, socialmente, era totalmente diferente. Todos parloteaban de sus casas, sus caballos, sus agentes. Yo creía que hablarían de poesía, de pintura y de libros”, comenta Dafoe. La puerta del cielo fue una catástrofe financiera que arruinó la carrera de su director y hundió un estudio. La industria se resintió. “Creo que la gente que nació un poco antes que yo tuvo un periodo más fructífero”, suelta, citando a Jack Nicholson. Pero añade: “La envidia es veneno. Es algo que no me permito”.

Dafoe tiene “un cierto prestigio en el cine de autor, por lo que se le contrata para proyectos poco corrientes”, dice Schrader. “Pero cuando se está en esa situación hay que tener cuidado de no quedarse fuera del circuito comercial. Si se va a Roma con Abel Ferrara, la siguiente parada será para Disney”. Schrader se refiere a Siberia, de Ferrara, una historia inspirada en El libro rojo de Carl Jung, y a Togo, una cinta de Disney sobre un conductor de trineos de perros, ambas protagonizadas por Dafoe.

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Willem Dafoe, entrevista por Aquaman y Van Gogh
Chaqueta de Dries Van Noten, pantalones de Ralph Lauren y botas de Haider Ackermann. La camisa, de Prada, es de Dafoe.

Marc Hom

En 2002, interpretó a Norman Osborn, el Duende Verde, en Spider-Man, de Sam Raimi. “Mis amigos decían: ‘¿En serio? ¿Un cómic?’”. No se sabe si es cierto, pero todos, Nicolas Cage, John Malkovich, John Travolta, Bill Paxton, Billy Crudup y Robert De Niro aseguran que les ofrecieron el papel antes que a Dafoe.

En aquella época, muchos actores creían que hacer de superhéroe o de villano suponía el fin de su carrera. Eso cambió repentinamente después de que Spider-Man se convirtiera en la primera película en recaudar cien millones de dólares en un solo fin de semana. Dieciséis años después, el Universo Marvel ha ganado a todos los Star Wars y James Bond juntos. “Cada vez son más grandes, más grandes, más grandes”, suelta Dafoe, que el año pasado pasó cinco meses en Australia filmando Aquaman, de James Wan.

Aquaman siempre ha sido un superhéroe menor. Podía respirar bajo el agua, hablar delfín y montar tortugas marinas gigantes, pero ahí acababa la cosa. En la versión de Wan, es un dios-hombre tatuado con una profunda cicatriz. “El peso recae sobre Jason Momoa, pero mucho dependerá del mundo recreado, que es bastante espectacular”. Mientras que Spider-Man era “muy artesanal, con muchos efectos mecánicos”, Dafoe pasó gran parte del rodaje de Aquaman colgado de cables frente a una pantalla verde. “Casi nunca estuve en tierra firme”, explica. Tiene, sin embargo, sus dudas sobre el creciente modelo de franquicia a la hora de hacer películas. “Da mucho miedo. Casi hemos llegado a una situación en la que diez personas deciden en un despacho lo que la gente quiere porque les salen las cuentas”.

Muchos actores confiesan que hacen “una para ellos, una para mí”, lo que en la práctica suele significar hacer un filme por el sueldo y otro por el prestigio. Para Dafoe, la proporción es más bien de uno a cinco, y algunos de los proyectos más pequeños que emprende nunca consiguen una campaña adecuada, ni siquiera de lanzamiento. Aun así, sigue arriesgándose con el cine independiente cuando podría limitarse a las grandes superproducciones. Cuando Dafoe dice: “Creo en el cine dirigido por cineastas. Creo en el cine personal”, no son solo palabras. Es un compromiso. Según Sean Baker, quien lo dirigió en The Florida Project, “solo acepta un papel si ve en él algo que no haya hecho antes”.

¿TELEVISIÓN? NO, GRACIAS

¿Le ha tentado a Dafoe la edad de oro que vive la televisión? “Para nada”. Reconoce que “la televisión es de lo que todo el mundo habla hoy en día, pero es algo cómodo. Es como tener un círculo de amigos gratis. Cuando solo tienes una hora y media para dar lo mejor de ti, es un reto”.

Una semana más tarde, estamos sentados en un banco del parque Abingdon del West Village. “Me gusta esto”, comenta Dafoe, ahora con camiseta y chinos, de manera convincente en medio de la ola de calor. “Desacelera a cualquiera. Parecemos pájaros en un oasis”. At Eternity’s Gate se ha mezclado en un estudio de posproducción cercano. La película, la sexta de Schnabel, narra los dos últimos años de la vida de Van Gogh, hasta que se suicida, a los 37. Según Dafoe, “no es una biografía forense”.

Dafoe lleva un 2018 bastante intenso, todo hay que decirlo. Solo en el primer semestre ya rodó un par de películas: Motherless Brooklyn, de Edward Norton, adaptación de la novela Huérfanos de Brooklyn, de Jonathan Lethem, y The Lighthouse, el segundo largometraje de Robert Eggers, director de La bruja.

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Dafoe solo tiene dos exigencias: un buen café y un exprimidor. Su ritual matutino, incluso en el plató, comienza con meditación y yoga. Viaja con su propia esterilla. “Me lleva alrededor de una hora y media, así que a veces eso significa levantarme a las tres de la mañana”, explica. Menos conocido es su hábito, desde hace más de 40 años, de llevar un diario. “Es algo muy práctico. No se trata de reflexiones, sino más bien un ejercicio para aprender a expresarme. También escribo chistes, números de teléfono, recordatorios, cosas que he oído o visto”.

“Tengo montones de libretas”, menciona. Está claro, hojeándolas, que nunca servirán de base para sus memorias. Son prácticamente ilegibles. El texto se interrumpe aquí y allá por un dibujo o un recuerdo: recortes de periódico, billetes de moneda extranjera, polaroids. “A veces hay mucho color, según la película que esté haciendo”, explica Dafoe al hojear uno de sus diarios. Se detiene y lee una cita de T. S. Eliot que copió en 1984 durante el rodaje de Tom & Viv, un filme sobre el problemático matrimonio del poeta: “El patrón que percibimos en nuestras propias vidas en los raros momentos de desatención y desapego… es el patrón dibujado por lo que el mundo antiguo llamaba Destino”. Cierra el diario. “La verdad es que no vuelvo a ellos”, asegura el intérprete. “Nunca los releo”.

Willem Dafoe, entrevista por Aquaman y Van Gogh
Chaqueta, camisa y pantalones de Salvatore Ferragamo

Marc Hom

Estilismo: Matthew Marden / Casting: Emily Poenisch / Producción: Stephanie Weed (Liz Lang Productions) / Estilismo: Shawn Patrick Anderson (Acme Brooklyn) / Grooming: Benjamin Thighpen con Oribe E Is Clinical